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Historias de Comiquitas

Sábado, 27 de abril de 2013

Me gusta mucho la lec­tura y me gusta escribir, pero ver pelícu­las tiene para mí un mag­net­ismo espe­cial. Yo puedo ver una película que me guste mil veces y les ase­guro que no me aburro ni me canso de verla pues cada vez parece que con­sigo algo nuevo en ella: una frase, una pal­abra, una ima­gen, un gesto que la hace seguir siendo una de mis favoritas. Entre las cosas que quiero para mi vejez es poder seguir viendo todas esas pelícu­las que me gus­tan y que le siguen trans­mi­tiendo un men­saje a mi alma. Poco a poco me estoy haciendo de una colec­ción de mis pelícu­las favoritas, ya tengo casi 200 y tengo una lista de pelícu­las por com­prar. Bueno no sólo las pelícu­las de dra­mas pro­tag­on­i­zadas por humanos son parte de mi colec­ción; dis­fruto mucho algu­nas pelícu­las de la fan­tasía de los dibu­ji­tos ani­ma­dos. Tengo en este momento tres en mente que no son en real­i­dad pelícu­las sino cor­tos de los pro­gra­mas de comiq­ui­tas que se tele­visan dirigi­dos a la audi­en­cia infan­til; yo creo que nunca dejamos de ser niños y yo par­tic­u­lar­mente dis­fruto más una comiq­uita infan­til que un pro­grama de vio­len­cia, de guerra, de ter­ror, de sexo aunque muchos de ellos rev­e­lan mucho de la triste real­i­dad de nues­tra actual exis­ten­cia. En fin, quiero relatar­les estas tres cor­tas his­to­ri­etas que hace muchos años vi en la tele­visión y quizás muchos de ust­edes tam­bién las vieron; las recuerdo espe­cial­mente porque a pesar de ser comiq­ui­tas y de haber sido rep­re­sen­tadas por ani­males encier­ran una her­mosa moraleja.

La Ciguena

–Salió un día una Cigüeña a repar­tir bebés; llev­aba en su largo pico var­ios bebecitos de los que tenía que hacer entrega a sus respec­ti­vas mamás. El primero era un monito. La familia de monos esper­aba con toda feli­ci­dad aque­lla pre­ciosa criatura; la Cigüeña hizo su primera parada y entregó el primer bebé. Aque­lla familia tenía toda una cel­e­bración de bien­venida para el nuevo miem­bro y con­vi­daron a la Cigüeña a brindar; ésta and­aba en fun­ciones de tra­bajo pero no podía hac­er­les un desaire y aceptó una copita de licor. Siguió su vuelo para seguir entre­gando bebés; en cada una de sus entre­gas se repi­tió el momento de feli­ci­dad y de brindis. Ya le qued­aba un solo bebé por entre­gar y para este momento ya los tra­gui­tos de licor esta­ban haciendo su efecto y la Cigüeña estaba casi bor­racha. Sobrevolaba una her­mosa sabana donde pastaba una man­ada de ove­jas; el bebé que le faltaba por entre­gar era un leoncito; entre esa man­ada de ove­jas había una cuyo corazón latía esper­an­zado de que aque­lla Cigüeña le traería un her­moso bebé, pero la Cigüeña no se detuvo y la pobre oveja rompió a llo­rar descon­so­lada­mente: esta vez tam­poco sería madre. La Cigüeña sin­tió llo­rar a la frustrada oveja y pensó que se había pasado de su punto de entrega, giró en descenso y le entregó el bebé: “Mis­ión Cumpl­ida”. Alzó su vuelo y se fue a dormir su bor­rachera para estar fresca y lista para su próx­ima mis­ión de reparto de bebés. La oveja acogió aquel bebé con todo amor y sutileza; lo ama­mantó y le dio todo su sub­lime amor mater­nal. Nunca vio en su hijo otra cosa más que un hijo y ese hijo no vio otra cosa en aque­lla oveja más que una madre abne­gada que lo cuid­aba y llen­aba de amor.

Mother Sheep and Baby Lion

Lion in a herd of sheep

El leoncito cre­ció entre ove­jas, imitaba sus berri­dos y comía pasto; por su felina mente no cruz­aba la idea de que era un feroz león y que a los ani­males de su clase casi todo el resto de la raza ani­mal les temían por ser con­sid­er­ado “El Rey de La Selva”. Un día que el león pastaba plá­ci­da­mente entre todas la ove­jas; inad­ver­tida­mente se había acer­cado un feroz y ham­bri­ento lobo a la man­ada quien venía sig­ilosa­mente en busca de una presa para sat­is­facer su ham­bre. Entre todos aque­l­los sucu­len­tos boca­dos enfocó su vista en una gorda oveja y de un zarpazo embis­tió y la logró dom­i­nar para arras­trarla con él. La oveja inca­paz de escapar de las gar­ras del lobo berre­aba llena de deses­peración. Estos gri­tos de dolor lle­garon a oídos del león quien inmedi­ata­mente supo que era su madre la que lloraba por ayuda. Sin­tió el león una furia y una fuerza indómita que surgía de su inte­rior y que se con­vertía en un feroz rugido; un rugido que hizo eco en el azul cielo de aque­lla apaci­ble sabana; ya no cor­rió como una oveja era un león que cor­ría en busca de su madre. Se abal­anzó sobre aquel lobo quien despa­vorido soltó su presa para huir de aquel enfure­cido león. Una vez que la oveja fue libre del ham­bri­ento lobo, el león la cobijó en su regazo; sus gar­ras se retrac­taron para poder acari­ciar a su dol­ida madre; su rugido era ahora un gemido de dolor y angus­tia. Madre e hijo se sin­tieron recon­for­t­a­dos en aquel abrazo de júbilo y amor.

Kitten and Puppy

–Dos orgul­losas madres cuid­a­ban de sus hiji­tos: una gata con sus gati­cos y una perra con sus per­ri­tos. En cada camada de críos había uno más inqui­eto y curioso que los demás. Ambas inqui­etas e inocentes criat­uras que ya habían abierto sus oji­tos y podían cam­i­nar y hasta cor­rer; se le escaparon a sus respec­ti­vas madres para aven­tu­rar en los alrede­dores del lugar donde los acun­a­ban. Luego de haber cam­i­nado un rato por aquí y por allá sus caminos se encon­traron, con máx­ima pre­cau­ción se aprox­i­maron el uno al otro, notaron cier­tas difer­en­cias con sus her­man­i­tos; se olieron cautelosa­mente y sus miradas se encon­traron; ambos res­pi­raron con tran­quil­i­dad y con­fi­anza al no sen­tir ningún peli­gro y dos tier­nas son­risas se dibu­jaron en sus ros­tros y algo interno les dijo que serían com­pañer­i­tos de aven­tura y se dis­pusieron a jugar: cor­retearon, se per­sigu­ieron en máx­ima diver­sión, jugaron al escon­dido; ya se sin­tieron cansa­dos y se quedaron dormi­dos muy abrazaditos.

Kitten and Puppy sleeping

En sus respec­ti­vas casas cada madre notó la ausen­cia de unos de sus cachor­ros y alar­madas salieron a bus­car­los: “miau, miau” llam­aba la felina y angus­ti­ada madre; “guau, guau” era el pre­ocu­pado lla­mado de la can­ina. Ninguno de los dos respondía. En aque­lla ince­sante búsqueda igual que los dos pequeños se encon­traron las dos madres: la gata se enco­coró y la perra se crispó; sus ojos llenos de furia; lista cada una para su con­tra ataque; por sobre todo seguían pen­sando en su pequeñito desa­pare­cido y aque­lla figura era una señal de inmi­nente peli­gro: tenían que com­batir. Una de las dos tomó la ini­cia­tiva y se abal­anzó sobre la otra. Ya no había ni maulli­dos ni ladri­dos de búsqueda; ahora eran gri­tos de odio y de furia; mor­di­das y ras­guños con filosos dientes y gar­ras que querían ras­gar la carne para elim­i­nar al con­tendor. Los dos pequeñi­tos que no esta­ban muy lejos des­per­taron ante aquel griterío y force­jeo y se aprestaron a curiosear qué pasaba, pues cuál sería la sor­presa al ver a sus respec­ti­vas madres agredién­dose con tal fero­ci­dad; volvieron sus vis­tas para que sus oji­tos se pudieran ver una vez más, ya no se olieron, sus cuer­pi­tos se erizaron y enco­co­raron y se lan­zaron uno sobre el otro a pelear como sus madres.

Kitten and Puppy Fighting

–Mi ter­cera y última his­to­ria envuelve dos ani­males de nat­u­raleza muy difer­ente: una ave y un mamífero; uno pequeñito y otro el mamífero más grande que habita en la tierra. Esta es la his­to­ria de una “pajarita” y una “ele­fante”. La pajarita era una madre soltera incon­forme de su vida social tan reducida; acababa de poner su primer hue­vito y pens­aba que era injusto tener que pasar su días de her­mosa juven­tud sen­tada en aquel abur­rido nido para empol­lar a ese huevo que ella no le había escogido poner; pens­aba con des­en­canto en aquel mundo de fies­tas y diver­sión, de bril­lantes luces y gran fama que su novio le había prometido; allí yacía ella aban­don­ada a su suerte en la rama de aquel insignif­i­cante árbol empol­lando un huevo que no le iba a traer a su vida más que obliga­ciones, calami­dades y abur­rim­iento. Mien­tras la mis­er­able­mente resen­tida pajarita med­itaba sobre su des­gra­cia vio pasar a una ele­fanta que cam­inaba con espe­cial can­didez. Algo le dijo a la pajarita que aque­lla ele­fante hem­bra era lo que ella nece­sitaba para zafarse de su obligación pues lucía tan abur­rida como el huevo en el nido. “¡Oye tú!, ¿Me harías un favor?” la llamó desde su nido; la ele­fante, dada la enormi­dad de su gran anatomía no tuvo que alzar mucho su vista para mirarla: “¿Qué nece­si­tas?” le pre­guntó amable­mente la paqui­dermo. “Nece­sito que me cuides un rato a mi hue­vito, no será por mucho tiempo. Tengo que irle a com­prar unos pañales a mi bebé porque ya pronto nac­erá” sus pal­abras fueron pro­nun­ci­adas con mater­nal súplica. “Será un placer para mí ayu­darte” con­sin­tió la dulce y ser­vi­cial ele­fante. “Mira que mi hue­vito es lo más pre­ci­ado que la vida me ha dado, por favor no lo desa­tien­das mien­tras yo regreso, me voy con el corazón en la boca” mintió la falsa pajarita. “Ve tran­quila, yo soy de fiar porque: Yo digo lo que pienso y pienso lo que digo, tu hue­vito queda en las mejores manos”. La pajarita de bajó de su nido y la ele­fante se trepó al árbol y se sentó sobre el nido para cobi­jar el huevito.

Elefante sentada en un nido

La pajarita se alejó a la mayor brevedad posi­ble como no dán­dole opor­tu­nidad para que la ele­fante se arre­pin­tiera. Voló y voló hasta lle­gar a una gran ciu­dad llena de luces, fies­tas y todo tipo de plac­eres; no habían tan­tos árboles como en el bosque pero había casas y edi­fi­cios donde otros pájaros se guarecían, no había gusanos, semi­l­las y néc­tar de flo­res pero había des­perdi­cios que deja­ban los humanos y que tenían un sabor casi elec­tri­f­i­cante: eso era otra vida, una vida llena de toda aque­lla diver­sión que ella nece­sitaba y sobre todo ¡no tenía que empol­lar a un insignif­i­cante huevo! Mien­tras tanto la ele­fante pacien­te­mente esper­aba el regreso de la pajarita; no se sep­a­raba ni un min­uto del nido. Pasaron muchas horas y muchos días y la pajarita no regresaba pero la ele­fante no se sep­a­raba del hue­vito. Llovió fuerte­mente, cesó la llu­via y el sol casi cal­cin­aba su gruesa piel; tam­bién nevó y sin­tió mucho frío pero no se movió del nido. Cada ani­mal que merode­aba por los alrede­dores miraba con extrañeza aque­lla ele­fante subida en un árbol hasta que uno se atre­vió a pre­gun­tarle: “¿Qué haces allá arriba? Los ele­fantes no se suben en los árboles” Ella entonces con cor­dura explicó: “Le estoy haciendo el favor a una pajarita de cuidarle su hue­vito, fue a com­prarle unos pañales y pronto volverá”. El curioso peatón entonces le acon­sejó: “Pero ya hace muchos días que te veo sen­tada en esa rama; yo creo que tu amiga te mintió y no va a volver; deberías bajarte y seguir haciendo tu vida de ele­fante”. La ele­fante adujo con res­i­gnación: “Yo digo lo que pienso y pienso lo que digo, yo no voy a dejar de cuidar el hue­vito hasta que vuelva su mamá”. Sigu­ieron pasando los días; la pajarita se entregó a una desen­fre­nada vida de diver­siones que sólo la llevó a su perdi­ción: había encon­trado muchas cosas nuevas que no eran ni feli­ci­dad ni fama. Por su parte la ele­fante pacien­te­mente seguía aguan­tando todas las adver­si­dades del clima sin dejar de empol­lar aquel hue­vito; todo ani­mal que pasaba le pre­gunt­aba qué hacía subida en ese árbol y ella le explic­aba y recal­caba que no importaba cuánto se pud­iese demorar la pajarita en volver que ella no iba a dejar solo al hue­vito porque: “Yo digo lo que pienso y pienso lo que digo”. La voz de que una ele­fante estaba res­ig­nada­mente subida en un árbol empol­lado a un hue­vito se cor­rió y vinieron peri­odis­tas a entre­vis­tarla; a todos y a cada uno les dijo lo mismo: “Yo no voy a dejar solo al hue­vito porque: Yo digo lo que pienso y pienso lo que digo”. Las fotos de la ele­fante fueron pub­li­cadas en todos los per­iódi­cos, en todas las revis­tas, inclu­sive por tele­visión; cada día más y más peri­odis­tas la vis­ita­ban para entre­vis­tarla y le seguían sacando fotos: era un evento único en el mundo. La vida de la pajarita se hacía más mis­er­able y destruc­tiva cada día, para poder sub­si­s­tir seguía comiendo basura, su plumaje se había des­col­orido; pero seguía afer­rada a que con­seguiría algún día la fama que la haría feliz y tri­un­fadora. Fue a bus­car que comer en un pote de basura y vio una hoja de per­iódico donde estaba la foto de la ele­fante que ella había dejado cuidando su huevo; no lo podía creer: se había hecho famosa por cuidar su huevo. Sin­tió rabia y envidia. Decidió volver al nido a recla­mar que ese huevo y ese nido eran de ella. Al lle­gar de regreso a su nido le grito con mucha altan­e­ría: “¡Ya regresé, bájate de mi nido!” La ele­fante no puso obje­ción pero no dejó de sen­tir tris­teza pues ya sen­tía aquel hue­vito como parte de su vida; los otros ani­males le gri­taron: “¡Por lo menos dale las gra­cias, ha cuidado de tu huevo todo este tiempo con toda abne­gación! La pajarita indig­nada y altan­era les gritó: “¡Es una usurpadora, se ha hecho famosa a mis cos­til­las!” La ele­fante casi sol­lozó y dos lágri­mas se escaparon de sus ojos; una vez que estuvo en el suelo se dis­puso a irse del lugar sin vol­tear para decirle adiós al hue­vito. Cuando la pajarita se disponía a sen­tarse en su nido el hue­vito se rompió y salió de aden­tro un pequeño ele­fan­tito con una ore­jas tan grandes que le sirvieron de alas para volar detrás de la ele­fante: “¡Mamá espérame!”

Baby elephant

Sin categoría

  1. Yulevy Gon­za­lez
    Sábado, 18 de mayo de 2013 a las 02:11 | #1

    Esos son largome­tra­jes de mucha moraleja y creo que todos los de nuetrs edad y mas jovenes las han visto por que las repiten a cada momento. y son her­mosas y es ver­dad todos ten­emos ese niño a den­tro yo me pongo a ver comiq­uita con mi hijo menor y mis nietos y les cuen­tos de las comiq­ui­tas vie­jas que pasa­ban en aque­l­los tiempo, pero las grandiosas eran las que pasa­ban en le cine y uno esper­aba cada año todos los 25 de diciem­bre que estren­a­ban y mama Sara, mami y tia min­erva nos llev­a­ban a ver­las como La pata de los huevos de oros, el mago de oz y muchas mas. Hay vez cada vez que leo algo tuyo me trans­portas a esos tiem­pos tan her­mosos que fue nues­tra niñez

  2. Yulevy Gon­za­lez
    Sábado, 18 de mayo de 2013 a las 02:11 | #2

    Esos son largome­tra­jes de mucha moraleja y creo que todos los de nuetrs edad y mas jovenes las han visto por que las repiten a cada momento. y son her­mosas y es ver­dad todos ten­emos ese niño a den­tro yo me pongo a ver comiq­uita con mi hijo menor y mis nietos y les cuen­tos de las comiq­ui­tas vie­jas que pasa­ban en aque­l­los tiempo, pero las grandiosas eran las que pasa­ban en le cine y uno esper­aba cada año todos los 25 de diciem­bre que estren­a­ban y mama Sara, mami y tia min­erva nos llev­a­ban a ver­las como La pata de los huevos de oros, el mago de oz y muchas mas. Hay vez cada vez que leo algo tuyo me trans­portas a esos tiem­pos tan her­mosos que fue nues­tra niñez

  3. Ingrid
    Sábado, 18 de mayo de 2013 a las 04:11 | #3

    ¡Sí, defin­i­ti­va­mente recor­dar es VIVIR!

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